No es difícil escuchar en conversaciones desprevenidas que una situación es macondiana, que como país somos Macondo, que alguien relacione las mariposas amarillas con Mauricio Babilonia o que, cuando dices que haces joyería inspirada en García Márquez, alguien se imagine que haces pescaditos de oro.

En un grupo de amigos se nos volvió común jugar con la frase “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento” como una forma de empezar una confesión sobre algo que no habíamos entendido o que no habíamos hecho, a pesar de los pesares.

Esas referencias a Cien años de soledad no significan que hayamos leído el libro, o que sepamos quién es su autor o que sepamos que la historia de Mauricio Babilonia es un triste relato sobre la segregación clasista.

Me parece maravilloso que un libro tenga el poder de introducirse en nuestras conversaciones; que le hayamos reconocido su capacidad de representarnos y que contemos muchas de sus historias y que se mezclen con las de nuestras familias, sin siquiera haberlo leído.

Yo esquivé su lectura durante muchos años, sólo porque era obligada en el colegio. Y muchos años después, cuando lo leí y empecé a disfrutarlo por mi cuenta, me encontré en sus páginas con personajes que ya conocía, con situaciones que había oído que sucedían en él, con frases que me resultaban familiares. No es sólo porque el autor retomó mucho de la cultura popular para escribirlo, sino porque yo ya lo llevaba puesto sin saberlo.

El hecho de que sea un libro tan importante para la literatura en América Latina y en el mundo, de que se haya convertido en un clásico comparable con El Quijote, que se haya traducido a tantos idiomas y que su autor haya sido premiado con el máximo reconocimiento a la literatura, nos hace sentir orgullosos. Nos hace querer llevar puestas algunas de sus historias o personajes porque es parte de nuestra identidad colombiana frente al mundo. Eso es fantástico, es un libro tan importante que nos llena de orgullo como el café, las esmeraldas y la orfebrería precolombina, y nos gusta que se nos note que lo llevamos puesto.