Muchas veces me sucede que después de leer una novela, un cuento o un poema, quedo tan impresionada por la fuerza de las palabras que termino usándolas en mi conversación cotidiana. Es seguro que muchas personas experimentan lo mismo diariamente, lo compartan o no.

Lo más impresionante es que esas lecturas nos generan imágenes fantásticas como la del pueblo que creó nuestro Gabo “a la orilla de un río de aguas diáfanas […]  de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos”. O nos hacen sentir ritmo mientras León de Greiff hace que Sergio Stepansky nos cuente que apuesta su vida, que juega su vida… de todas formas la lleva perdida.

Todas las imágenes y el ritmo de las historias nos siguen acompañando después de leer. Es posible que muchos años después olvidemos los detalles, el autor, pero la sensación que nos produjo esa lectura nos sigue acompañando a veces durante años, a veces durante toda la vida.

Se puede decir que las palabras se cuelan en el alma, como la música, y ahí se quedan y por eso uno siempre lleva puesta la literatura que ha leído y amado.

Mi colección, La literatura se lleva puesta, es un homenaje a esa capacidad de la literatura para dejarnos historias circulando en el cuerpo. Las piezas que la componen tienen la intención de compartir con otros ese efecto literario que disfrutamos o sufrimos gracias a escritores colombianos maravillosos y es una invitación a conversar sobre estas imágenes, a veces mágicas, a veces terribles, que nos evocan sus escritos.

La literatura se lleva puesta empezó con Cien años de Soledad. Gracias Gabo.